La Ventana
- 22 nov 2017
- 2 min de lectura
Asomarme a la ventana es un hábito heredado de mi abuela, quien al mudarse a Caracas a finales de los 80´s procedente de Santa Inés - Edo. Anzoátegui le quedaban las ventanas del encogido apartamento para ver lo que sucedía en el mundo. Y así estoy Yo hoy, asomada a la ventana, con mi sensación de protección inmune al ajetreo de la calle. Aire de libertad, de aventura, de aliento es lo que busco, y en efecto, por un instante pierdo la mirada en el horizonte, con la idea intacta y una sonrisa. Bajo la vista para observar la urbe, y el ruido de la calle me turba, está abarrotada de mal genio, de sudor, de nubes de humo; la gente camina de arriba-abajo cargando bolsas con alimentos, pocos llevan satisfacción en el rostro, solo dan zancadas apresuradas que dejan atrás una enorme fila de caras largas sin esperanza, anhelantes de tener la oportunidad de hacerse del "Vellosino Dorado" (coloquialmente llamado "producto regulado"). Las aceras colmadas de gente echada en ellas o apostadas en fila. Allí se les pasa el día, allí comen, allí se enamoran, allí aprenden o desaprenden a ser personas; allí se les va la vida. Familias enteras, según les toque. Mientras tanto la calle sigue su movimiento, carros evitando peatones, gente que no cupo en "la acera de la espera", motorizados que fluyen en la vía y en contra de ella, autobuses que se frenan en cada esquina y que arrancan dejando una cortina en tinieblas. Prefiero subir la mirada, volver a inspirar profundo buscando nuevamente esa sensación por la cual en primer lugar me asomé, pierdo la vista en el horizonte alejándola del caos, convenciéndome de que podemos cambiar. Quiero asomarme a mi ventana y que quede intacta mi sonrisa. https://www.instagram.com/p/BJsZsknjn7v/?taken-by=anita_mele

















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